EL LEGADO DE KRISHNAMACHARYA
EL LEGADO DE KRISHNAMACHARYA
Como estudiantes del yoga, es nuestra responsabilidad conocer la historia de nuestra práctica y de los que han influenciado sus corrientes, técnicas y secuencias. Krishnamacharya es el padre de la yoga que conocemos y practicamos todos los días.
Krishnamacharya no vivió una vida fácil ni mucho menos llena de lujos. Por el contrario, tuvo que vivir momentos de pobreza extrema y de mucha dificultad. Pero siempre se mantuvo fiel a sus convicciones, y a su mentor, Brahmachari, quien le encomendó la tarea de enseñar yoga y formar una familia.
Desde los 5 años, su padre le introdujo a los Yoga Sutras de Patanjali, y le dijo que descendía de un respetado yogui llamado Nathamuni. Tiempo después de fallecer su padre, Krishnamaharya peregrinó al santuario de su antepasado en donde tuvo una extraordinaria visión, en la que Nathamuni le cantó versos de Yogarahasya (la esencia del yoga). El adolescente, los memorizó y los transcribió.
Después de esto, estudió las disciplinas clásicas indias, obteniendo diplomas en filosofía, lógica, divinidad y música; y tras una recomendación de uno de sus profesores, buscó a un maestro llamado Shri Ramamohan Brahmachari, uno de los pocos hatha yoguis que aún quedaban, y que vivía en una cueva lejana junto a sus esposa y tres hijos. Krishnamacharya pasó siete años memorizando los Yoga Sutras de Patanjali, aprendiendo ásanas y pranayama y estudiando los aspectos terapéuticos del yoga. Además aprendió 3000 posturas incluyendo uno de sus más notables talentos como es el de detener su pulso.
A pesar de todo su entrenamiento y manteniéndose fiel a su mentor, regresó a la pobreza en los años 20s, ya que la enseñanza del yoga no era remunerativa. Se casó por medio de un matrimonio arreglado y esta fue una de las épocas más difíciles de si vida, pero esto solo logró que su resolución de enseñar yoga se fortaleciera cada día más.
En 1931 recibió una invitación para enseñar en el Sansccrit College de Myore, en donde percibía un buen sueldo y con la ayuda del Maharajá de Mysore pudo promover el Yoga a través de la India en las dos décadas que siguieron, a través de demostraciones y publicaciones. El Maharajá también le proporcionó la sala de gimnasia de su palacio para que iniciara su propia escuela de yoga.
En estos tiempos la mayoría de sus alumnos eran jóvenes activos, por lo que desarrolló secuencias dinámicas de ásanas cuyo propósito era conseguir un insuperable estado físico. Con el tiempo, Krishnamacharya estandarizó las secuencias de posturas en primarias, intermedias y avanzadas. Los estudiantes eran agrupados de acuerdo a sus habilidades y experiencia y debían memorizar cada secuencia antes de avanzar a la siguiente. Esta forma de practicar yoga hubiera permanecido desconocida, sino fuera por uno de sus discípulos más populares: K. Pttabhi Jois, quien durante décadas mantuvo el trabajo que le dejó Krishnamacharya, refinando secuencias de ásanas sin modificarlas sustancialmente, y al que le llamamos actualmente Ashtanga Yoga
Krishnamacharya atrajo con sus presentaciones a públicos de distintas congregaciones, con diferente formación, educación y religión. Él enfatizaba que el Yoga es para todos y adecuaba sus enseñanzas para así respetar las creencias de sus estudiantes. Aunque siempre fue muy escéptico con las mujeres. Sin embargo, la persona que se dedicaría a llevar el Yoga a un ámbito más internacional, era ni más ni menos que una mujer de Latvia pre-soviética, llamada Indra Devi, quien después de presenciar una de las demostraciones del maestro, pidió ser admitida como estudiante.
En un principio Krishnamacharya aceptó de mala gana el reto de la enseñanza de una mujer, y comenzó imponiéndole un régimen muy estricto de dieta y enseñanza, dedicados a quebrantar su voluntad. Pero ella sobrepasó cada uno de estos desafíos llegando a ser una ejemplar estudiante y amiga. Su maestro le pidió después de un año que se dedicara a enseñar Yoga. Y así fue como Indra Devi llevó el Yoga al mundo, primero abriendo una escuela en Shanghai, China (en donde tuvo de alumna a Madamme Chiang Kai Shek); posteriormente logrando convencer a los líderes soviéticos de que el yoga no era una religión; continuando su camino por Estados Unidos donde obtuvo el título de la Primera Dama de la Yoga en Hollywood con alumnas como Marylin Monroe, Elizabeth Arden y Greta Garbo; y terminando en Buenos Aires donde abrió seis escuelas.
El estilo de Devi poco tiene que ver con el Ashtanga yoga de Jois, pues es mucho más suave, aunque siempre sus clases recorren un camino, comenzando con posturas de pie, progresando a un ásana central, seguido de posturas complementarias y terminando con relajación. De la misma forma que ocurrió con Jois, Krishnamacharya le enseñó a combinar pranayama y asanas.
Krishnamacharya también instruyó a quien jugó el papel más significativo para introducir el Hathta Yoga en occidente, llamado BKS Iyengar, quien pone especial énfasis al detalle, a la precisión y sistemática ejecución del ásana, su investigación de las aplicaciones terapéuticas y su diferenciación por niveles. Aunque sólo fue su discípulo por un año, Iyengar siempre consideró a su gurú como un gran hombre.
A medida que Iyengar ganaba estudiantes, iba adaptando y modificando las posturas para satisfacer sus necesidades, y al igual que Krishnamacharya, no dudó cuando tuvo que innovar alejándose del estilo Vinyasa e su mentor. Al desarrollar cada postura, investigó la naturaleza del alineamiento interno, considerando los efectos en cada parte del cuerpo incluyendo la piel. Iyengar tuvo que desarrollar props (elementos especiales), como bloques de madera, la pared, y cinturones de algodón, para ayudar a sus alumnos a alcanzar el objetivo en cada postura. Adicionalmente, Iyengar empezó a ver el cuerpo como el templo y las ásanas como oraciones.
En los años 60, Iyengar era reconocido como el embajador del Yoga que ya formaba parte de la cultura mundial.
Pero aún cuando sus estudiantes lograban prosperidad y difundían el evangelio yogico, Krishnamacharya se encontró de nuevo en situaciones difíciles. Tuvo que cerrar su escuela en 1950, y se vió en la situación de empezar desde cero. Obligado a conseguir sus propios estudiantes, tuvo más motivación para adaptarse a la sociedad y mostrar más compasión, ya que sus alumnos nuevos venían de diferentes estratos sociales, y tenían distintos problemas de salud; para lo que Krishnamacharya tuvo que ingeniárselas para inventar nuevos métodos de enseñanza, y tuvo que adaptar las posturas para satisfacer las necesidades de hasta sus alumnos con discapacidades.
Krishnamacharya variaba la duración, frecuencia y las secuencias en los asanas para ayudar a los estudiantes a alcanzar metas específicas a corto plazo, como recuperarse rápidamente de una enfermedad, logrando que el Yoga se adaptara a sus limitaciones individuales. Este enfoque hoy en día se conoce como Viniyoga y se convirtió en la marca registrada de las enseñanzas de Krishnamacharya en sus décadas finales.
Fue la reputación de terapeuta que atrajo al último de sus discípulos: su hijo TKV Desikachar. Aunque de niño nunca se interesó por el yoga, después de titularse de ingeniero en la universidad, en una visita a su familia, presenció como una mujer que no había podido dormir por más de 20 años, lo había logrado por fin, gracias a los ejercicios de yoga que su padre le había enseñado. Quizá Desikachar lo llamó karma, pero sin duda fue una prueba de los poderes terapéuticos del yoga. En un instante, decidió aprender lo que sabía de su padre.
Para asegurarse que el interés de su hijo era genuino, Krishnamacharya fijó la hora de inicio a las 3:30 am. Desikachar aceptó pero con la condición de que nada tuviera que ver con Dios. Las lecciones continuaron por 28 años aunque ya no tan temprano.
Durante los años que enseñó a su hijo, Krishnamacharya continuó refinando su enfoque sobre el Viniyoga, haciendo programas especiales para los enfermos, para las mujeres embarazadas, niños y para los que buscan autorrealización espiritual. Cada acción era en sí misma, un acto de devoción, que cada asana debía conducir hacia la calma interior.
Desikachar propaga hoy en día el legado de su padre dirigiendo el instituto Krishnamacharya Yoga Mandiram, en Chennai, India. Con el tiempo, Desikachar abrazó toda la gama de las enseñanzas de su maestro, incluyendo la veneración a dios, y ve su rol como de un traductor, llevando la antigua sabiduría de su padre a oídos modernos.
Krishnamacharya nos deja un gran legado ya que permitió que el yoga fuera accesible a millones de personas. Se aventuró a experimentar e innovar.
“… el yoga no es una tradición estática, es un arte vivo que respira y crece constantemente, a través de los experimentos y experiencias de cada practicante.”
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